“Una actitud es una disposición mental y neurológica, que se organiza a partir de la experiencia que ejerce una influencia directriz o dinámica sobre las reacciones del individuo respecto de todos los objetos y a todas las situaciones que les corresponden”. (Floyd Allport)

 

En mindfulness se conoce bien la importancia de la actitud o actitudes que suele requerir la práctica de la atención plena: paciencia, no juzgar, dejar ir, etc. Pero, hagamos más bien un ejercicio de comprensión del término actitud en general, como disposición o tendencia a actuar de una manera concreta ante lo que se nos presenta.

Ahora – finales de agosto- se habla mucho de la “vuelta al trabajo, al cole, a la rutina” y proliferan los consejos de cómo acometer “esa vuelta a” sin que sea traumática o dolorosa. Y en realidad, estamos dando con ello una visión de la vida como círculo repetitivo, como rueda de movimiento continuo y constante en la misma dirección circular: trabajo once meses – descanso uno – vuelvo a trabajar y a esperar el próximo descanso vacacional-.

Y la vida no es una rueda, un círculo, sino más bien es una línea, un camino como diría el poeta, que nos permite dar cada paso con una fuerza, con una actitud.

Lo que hará que tu día sea nuevo, será tu disposición para encontrar novedades en ese espacio de tiempo. Lo que hará que tu día sea triste, será sin duda el encontronazo con una situación desagradable, pero lo que realmente hará que la tristeza vaya contigo y se impregne como una identidad propia, será tu actitud.

En psicología se llegan a definir diferentes tipos de actitudes según tengan que ver con la valoración afectiva (actitud positiva, negativa o neutra), con el grado de actividad (actitud proactiva o actitud reactiva) etc. Lo interesante es que cualquier actitud depende de nuestra capacidad de decidir. Podemos decidir la actitud con la que nos levantamos por la mañana para ir al trabajo, la actitud con la que nos ponemos a realizar la tarea más pesada de nuestro quehacer diario, la actitud con la que saludamos al amigo, al vecino o al enemigo. Da igual el momento, la circunstancia o las personas que nos rodeen; la actitud es personalísima, fruto de una decisión consciente a la que indudablemente ayudará la práctica de esa conciencia plena que cada cual desarrolle e integre en su vida.

Hagamos de la “vuelta a” un dar gracias porque todavía queda camino por recorrer, situaciones que experimentar, cambios, novedades, y siempre, una nueva decisión que tomar.

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