Hoy día la alimentación no es materia educativa. La sanidad está orientada más a curar enfermedades que a prevenirlas. Teniendo en cuenta estos dos factores, al ciudadano de a pie solo le queda buscar los medios para cubrir ese déficit de conocimientos y poco a poco, con la profundidad que uno desee, educarse en la comida.

Es muy complicado ir al súper y realizar una compra adecuada a lo que sería una dieta rica en nutrientes, pero no por ello hemos de abandonar la finalidad de lo que diariamente hacemos, que es comer.

Necesitamos comer, pero más bien, necesitamos alimentarnos. Y no es lo mismo. Se puede decir además, que alimentación es todo lo que ocurre antes de meter un alimento en la boca. Todo lo que ocurre después es bioquímica, de ahí la importancia de conocer cómo se producen esos procesos bioquímicos con el fin de regularlos y adecuarlos a la salud.

A menudo, las dietas fracasan porque se basan en la restricción y no en la incorporación: “no debe comer esto, debe quitarse aquello, etc.”.  No se estudia de forma global al paciente y éste, a menudo, no conoce su hábito alimentario porque no se para a observarlo, come de manera compulsiva y no es consciente de su alimentación –el proceso que ocurre antes de ingerir un alimento y que incluye gustos, alternancia social, falsas creencias nutricionales, influencias de la moda, hábitos de comida y un largo etcétera-.

La alimentación consciente es una materia en la que no se nos educa y en la que toca a cada cual educarse por sí mismo. Esto nos llevará a un cambio de hábitos, pero bienvenido el cambio si trae mejoras en nuestra salud.

No se trata de comer menos, sino de alimentarse mejor. Una buena dieta prescrita por un médico, debería tener en cuenta la globalidad del paciente: su estado basal, no solo el peso sino la relación grasa y masa muscular; su cronobiología, ritmos circadianos, aspectos de nutrigenética y nutrigenómica, el entorno en el que vive, más o menos toxificado y la relación cuerpo-mente, la relación emocional que tiene con la comida, sus creencias en torno a la alimentación. En fin, una serie de aspectos de los que el mejor conocedor puede ser el propio paciente si toma conciencia de estos aspectos y se educa en ellos. Es decir, si se convierte en un paciente EMPODERADO.

Se puede comenzar por ir observando nuestros gustos alimenticios y admitirlos, conociendo las propiedades de sus nutrientes. Si a mí me gusta mucho el dulce de postre y el pan en las comidas estoy llevando una dieta inflamatoria que me causará problemas. ¿Tengo que suprimirlos de mi dieta? No, sencillamente tienes que ser consciente de cómo tomarlos, en qué cantidades y tal vez, cuando notes el efecto de esas acciones, puedas decidir suprimirlos porque has encontrado otra forma de alimentarte. Es decir: has cambiado de hábitos.

De lo que se trata es de ser cada vez más consciente para decidir qué hacer con plena consciencia de nuestras decisiones. Y no me refiero a una conciencia moral sino a una conciencia corporal, sentida en cada cuerpo, en cada ingesta. Aprender de lo que comemos y así comer habiendo aprendido a alimentarnos.

Quizás necesitamos aprender un poco de nutrición, otro poco de conocimiento de nosotros mismos a nivel corporal, mental y emocional, un poco de mindfulness; y con todos esos “pocos” ir construyéndonos día a día para ser felices, que es lo que toca y no tanto preocuparnos por comer.

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