Se sabe que un pH alcalino (entre 7 y 14) es el ideal para mantener nuestro organismo “nadando” en un buen ambiente. El pH neutro lo representa el agua que cifra el número 7 como central en la tabla de alcalinidad/acidez.

Las verduras de hoja verde (espinacas, rúcula, brócoli, lechuga,etc.) y también las batatas, tomates, pepinos o las legumbres como los garbanzos y lentejas, las semillas y las nueces, almendras y avellanas, son alimentos alcalinizantes además de poseer otras cualidades nutritivas.  Limón, lima y pomelo, a pesar de tener un sabor ácido, curiosamente tienen un efecto alcalinizante en el organismo.

Algunos cereales como la quínoa, el mijo, espelta y el arroz integral, son también alcalinizantes. No lo es sin embargo, el trigo común refinado de las harinas que habitualmente consumimos.

Y hay un producto que es altamente recomendable, no solo por su efecto alcalinizante sino por la cantidad de minerales que aporta: el agua de mar. Que no quiere decir que cuando vayamos a la playa tengamos que bebernos el agua del mar al tiempo que nadamos, porque a nos er que nos adentremos en aguas profundas, esa agua estará muy contaminada.

Por el contrario, los alimentos que básicamente nos acidifican son las proteínas de origen animal, huevos, lácteos, azúcares simples y en general, los hidratos de carbono industriales.

Lo ideal para mantener un buen equilibrio alimenticio es que un 80% de nuestra dieta sean alimentos alcalinizantes, frente a un 20 % de ácidos.

Pero no todo está en la alimentación. Desde una salud integrativa, un término que se está popularizando ahora, la dieta no lo es todo. Ni mucho menos.

Un estudio de la microbiota intestinal –el intestino, un órgano tan importante como el cerebro, que por algo en nuestra estructura se le denomina el segundo cerebro- es ideal para conocer nuestro equilibrio en relación con esos millones de “pequeños bichos” que pueblan nuestro organismo. También ayuda un estudio de tóxicos y otros tipos de análisis que nos orientan hacia nuestro microbioma.

Y tampoco aquí termina la acción equilibradora. Si queremos atender a una salud integrativa, habrá que valorar también nuestro estilo de vida. Y con ello me refiero a los hábitos que marcan en nosotros un estilo de vida. No podemos seguir visitando la consulta del médico para que nos solucione nuestros problemas. Es decir, la Medicina tiene su lugar, pero al médico hay que ir sabiendo explicar lo que nos pasa y no solo diciendo me duele aquí o allí.

Y lo que nos pasa tiene mucho que ver con nuestras emociones. Éstas pueden provocar más acidez que realmente lo que comemos o bebemos. Pensamientos negativos, sentimientos de fracaso, experiencias que nos resultan negativas, memorias conscientes e inconscientes, problemas de la vida en general, causan estrés en nuestro organismo y el estrés es un factor de enorme influencia en la generación de acidez. Los pensamientos negativos consumen mucha más energía que los positivos.

Para mantener ese equilibrio alcalino vamos a necesitar también aprender a gestionar nuestras emociones, recuperar nuestra tranquilidad y mantener un estado de ánimo fuerte y proactivo. ¿Por qué no probar con una buena dosis de Mindfulness a lo largo del día?

Los aspectos mental, emocional y espiritual son ejes principales de nuestra salud integrativa. Un médico o practicante de salud integrativa no te hará una receta simple, sino que te observará y te hará preguntas y te prescribirá análisis para estudiar tu caso particular. Y sobre todo, te propondrá cambios y te aconsejará sobre hábitos alimentarios, nutrición y suplementación.

Y seguramente, te aconsejará también ejercicio al aire libre. El ejercicio moviliza el sistema linfático, nos permite eliminar toxinas, la acidez del tejido graso. Con el ejercicio moderado –el exceso siempre es malo-, ganamos en fortaleza, flexibilidad, aumentamos la potencia de nuestro sistema cardiovascular, los huesos y las articulaciones, mejoramos el metabolismo y equilibramos el nivel de triglicéridos en sangre y de insulina.

Por otro lado, la vida en las ciudades, esa concentración poblacional que hemos ido acrecentando, nos lleva a vivir en un entorno cargado de iones positivos, contaminantes –en el aire, acústicos, de ondas de telefonía, entramado eléctrico, etc. – Si tienes posibilidad, sal al campo, respira amplia y profundamente allí un aire limpio. Si no, haz deporte cerca de un parque o madruga para abrir la ventana y respirar el aire renovado del amanecer antes de regalarte una sesión de yoga.

Ocúpate de tu salud, dedica tiempo y recursos a conocerte. Hoy no puedes poner excusas porque tienes a tu disposición personas, medios y oportunidades para saber cuidarte. Mantente en un pH integral.

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